La materia que habitamos.

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una mesa redonda organizada por Porcelanosa junto a diferentes estudios de interiorismo. La conversación giró en torno a algo que, para quienes trabajamos en el sector, forma parte de casi todas nuestras decisiones: la materialidad y la importancia que tiene en la construcción de un espacio.

Hablamos de materiales, de superficies, de acabados, de cómo elegimos una piedra frente a otra, una madera, una cerámica, un tejido. De cómo una determinada combinación puede cambiar completamente la percepción de una estancia.

Pero, mientras hablábamos, me quedé pensando en algo que quizá está antes de todas esas decisiones.

¿Por qué hay materiales que nos atraen?

Vivimos rodeados de materiales cada vez más precisos, homogéneos y controlados. Superficies que imitan otras superficies. Texturas reproducidas industrialmente. Materiales sintéticos capaces de adoptar prácticamente cualquier apariencia.

Y, sin embargo, existe algo que seguimos buscando en aquello que procede de la naturaleza:

la variación.

Una veta, una imperfección, un nudo, una arruga, un cambio de tono.

Materiales que no son completamente previsibles. Que cuentan de dónde vienen. Y que son únicos.

Quizá por eso, cuando entramos en contacto con materiales así, hay algo que reconocemos incluso antes de tocarlos: una historia anterior a nosotros; algo que existía antes de convertirse en lo que tenemos delante.

Pero, un espacio no termina en lo que vemos.

Y quizá un material tampoco termina en lo que tocamos.

Porque cuando hablamos de materiales naturales hablamos también de procedencia. Hay algo casi radical en recordar que las cosas que nos rodean no aparecieron directamente convertidas en objetos. Sino que son transformadas.

Durante miles de años, nuestra relación con el mundo estuvo atravesada por esa transformación. La tierra se convirtió en muro; la piedra, en refugio; la madera, en estructura; las fibras, en aislamiento. Antes de que existiera la idea contemporánea de acabado, existía una relación directa entre el cuerpo y la materia: tocar, cortar, tallar, amasar, tejer, mezclar, quemar, pintar.

La mano no solo transformaba la materia. También la conocía.

Quizá por eso todavía nos atrae aquello que deja visible el proceso de haber sido hecho. No porque la imperfección sea necesariamente mejor que la precisión, sino porque nos permite ver el proceso. Nos dice que algo ocurrió entre lo que existía y lo que ahora tenemos delante.

Y tal vez sea eso lo que buscamos cuando hablamos de una conexión con la naturaleza. No necesariamente una imagen de naturaleza, sino una relación más directa con la materia de la que procede.

xxxx La investigación sobre diseño biofílico ha estudiado precisamente el papel que pueden tener materiales naturales en nuestra relación con los espacios, aunque sería demasiado simplista afirmar que todo material natural produce automáticamente bienestar,

Hay casas que nos atraen precisamente porque parecen haber vivido antes que nosotros. No porque estén deterioradas, sino porque sus materiales han acumulado tiempo. Una piedra que ha cambiado. Una madera marcada por el uso. Una pared con capas. Una cerámica que no parece recién salida de una fábrica.

Son espacios que no parecen una imagen congelada.

Parecen vivos.

Y quizá utilizamos esta palabra porque hay algo en ellos que todavía puede cambiar.

Algo que no está completamente cerrado.

Algo que responde al tiempo, al uso, a la luz, a la humedad, al cuerpo.

Algo que envejece.

Algo que conserva huellas.

Algo que puede seguir contando su historia.

Quizá por eso también la materia está tan ligada a la memoria. No recordamos necesariamente un lugar por su distribución o por sus metros cuadrados. Recordamos el suelo frío de una casa en invierno, el olor de un armario de madera, la piedra caliente de una fachada en verano, la textura de una manta, la tierra mojada después de la lluvia. Recordamos espacios a través del cuerpo.

Y entonces la elección de un material deja de ser una cuestión puramente estética.

Ya no se trata solamente de preguntarnos qué color queremos, qué textura combina mejor o qué superficie funciona con el resto del proyecto.

Podemos preguntarnos:

¿Cómo queremos que se sienta este lugar?

¿Queremos que sea fresco o cálido? ¿Suave o áspero? ¿Silencioso o resonante? ¿Perfectamente controlado o ligeramente imprevisible? ¿Queremos que permanezca igual durante años o que podamos reconocer el paso del tiempo sobre él?

Quizá diseñar con materia sea, en parte, decidir qué relación queremos que establezca nuestro cuerpo con el espacio.

Y eso cambia también la manera de entender lo hecho a mano.

Porque cuando una pieza conserva la huella de quien la ha trabajado, aparece una relación que no existe en el objeto perfectamente anónimo. Podemos imaginar las manos detrás de la superficie. El tiempo que necesitó. La materia antes de convertirse en aquello que tenemos delante.

La mano deja una huella.

Y quizá en un mundo cada vez más digital, reproducible y sintético, esa huella nos resulta especialmente valiosa.

No porque queramos volver atrás.

Sino porque quizá necesitamos recordar que seguimos viviendo en un mundo físico.

Que la tierra existe.

Que la piedra pesa.

Que la madera cambia.

Que la arcilla responde.

Que las fibras tienen textura.

Que el pigmento tiene un origen.

Que las cosas necesitan tiempo para ser transformadas.

Y que nosotros también somos cuerpo dentro de todo ello.

Quizá por eso volver a mirar los materiales naturales no significa recuperar una estética del pasado. Significa recuperar una pregunta que parecía sencilla y que, cuanto más la seguimos, más compleja se vuelve:

¿Qué relación queremos tener con aquello que habitamos?

Porque una casa no es únicamente un conjunto de superficies.

Es la materia que tocamos al despertarnos, la temperatura que sentimos al caminar descalzos, la luz que cambia sobre una pared, el sonido de nuestros pasos, el olor de la madera, la rugosidad de una piedra, la textura de un tejido.

Es también aquello que envejece con nosotros.

Aquello que acumulamos.

Aquello que recordamos.

Quizá no necesitamos espacios más perfectos.

Quizá necesitamos espacios que nos permitan sentir más.

Espacios donde todavía podamos reconocer de dónde viene la materia, cómo fue transformada, quién la tocó y cómo seguirá cambiando con el tiempo.

Porque quizá una casa no debería limitarse a mostrarnos una imagen de naturaleza.

Quizá debería permitirnos volver a relacionarnos con ella.

Y quizá, al final, la verdadera pregunta no sea qué material queremos poner en un espacio, sino qué mundo queremos sentir cuando lo habitamos.

La materia que habitamos también nos habita.